viernes , 14 de mayo 2021
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Vivir en los árboles en contra de la contaminación y la explotación de la naturaleza

Foto: Julia Donminzain

En el Bosque Hambach, Alemania, un activo grupo de jóvenes adultos deciden construir sus casas (y sus vidas) en la copa de los árboles como una forma de lucha y protesta ante los constantes intentos de la industria alemana, de extraer lingito (una especie rara de carbón vegetal utilizado como combustible), arrasando con todo rastro de vegetación dejando tan solo una llanura árida.

El ‘agujero de Europa’ –como algunos llaman a la excavación– está a escasos metros de este campamento. Sólo un caminito de tierra lo separan de este “barrio”, que se llama Lluna (luna en catalán) y que es tan sólo uno de los que pueblan el bosque.

Foto: Julia Donminzain

Los activistas viven en casas que ellos mismos construyeron sobre las copas de los árboles, a unos 20, 25 ó 30 metros de altura. Su oficio en desarrollo: el de carpinteros. Su cotidianidad: escalar. Sus vidas por fuera: no se sabe.

Aquí nadie conoce la verdadera identidad del otro ni su edad, clase social, nivel educativo, nada. El objetivo de ese secretismo es el de evitar que se creen jerarquías, además de hacerle más difícil el trabajo a la policía.

Por aquellos lares cada cual se mueve con su nombre del bosque. Eso lo relata ‘Fluss’ (río, en alemán). Ella vive en una ciudad, estudia una carrera universitaria, viene cada tanto y se queda semanas. Allí aprendió a escalar y construir, cosa que hace la mayor parte del tiempo.

“Hambach Forest nació como resistencia en el bosque y en contra de la mina de carbón, pero al mismo tiempo es resistencia en contra del capitalismo, del Gobierno y del sistema. También engloba liberación animal y feminismo”, explicó.

Cada “barrio” tiene su propio modo de funcionamiento consensuado entre sus integrantes. Hay los que son más punkis, otros son más fiesteros y están a punto de inaugurar uno LGBTQ para “las identidades que no se sientan cómodas durmiendo con varones”

Foto: Julia Donminzain

Las combinaciones son infinitas porque las reglas no son fijas y, por supuesto, no existe autoridad que obligue a cumplirlas.

“Anarquismo no es el destino final al que tenemos que llegar, sino el camino a encontrar un sistema que sea más justo para todo el mundo, que incluya todos los géneros y todas las clases sociales del mundo”, siguió relatando la joven.

La vida en el bosque es dinámica: la gente va y viene, nunca se sabe cuándo llegará la policía, cuántos objetos o herramientas se llevará, si alguien quedará detenido.

En episodios puntuales, los oficiales alegaron que ingresaban en busca de molotov porque unos “enmascarados” habían atentado contra el campamento de seguridad de RWE (empresa que se encarga de explotar el lingito en la zona) o que habían encontrado un explosivo en una estación de bombeo.

Desde septiembre de 2018, la policía hizo más fuertes sus operativos. Se inició con el avance de más de 3.000 efectivos antidisturbios, vehículos con agua a presión, reflectores. Hubo detenidos y derribaron casi todas las casas.

Según la empresa RWE, a profundidades de hasta 470 metros hay unos 2,5 billones de toneladas de depósitos de lignito. Lo que se produce en el área minera de Rhenish genera aproximadamente el 40% de la energía de la zona Renania del Norte-Westfalia y el 13% de la de Alemania en general.

La parte negativa y por la que luchan estos activistas es que, explotándolo desde 1978, del antiguo bosque de Hambach  (el cual tiene 12.000 años de antigüedad) sólo queda el 10%.

Foto: Julia Donminzain

Actualmente, la porción del bosque que sobrevive lo hace reposando delicadamente sobre un mar de vacíos legales, normas y contra normas: la empresa RWE tiene la concesión, la Comisión del Carbón recomienda terminar con la energía del carbón para 2038 y el Tribunal Administrativo Superior de Münster detuvo provisoriamente la tala de árboles mientras se investiga si lo habita una especie de murciélago protegida.

Mientras tanto, los habitantes alegan que es absolutamente legal circular por el bosque mientras que el gobierno alega que las casas que construyen no cumplen con las normas ni los registros y entonces las pueden desalojar. Dicen –por ejemplo– que les falta un matafuego y los activistas festejan porque de ahí se deduce que las aceptan como “viviendas”. Y así sucesivamente.

Fuente: Julia Muriel Dominzain para RT.




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